Conchi ante el mostrador vacíoMesón Restaurante Flamingo abrió sus puertas un Viernes Santo de 1990. Desde esa fecha «no se había conocido una situación tan dramática como la que estamos viviendo», reconoce Asunción Garrido Martínez, de 56 años, una de las dos cocineras y propietaria del establecimiento junto a su marido, José Antonio Miñano Richart, jubilado en enero de este año y con cuatro décadas de experiencia en el sector de la hostelería.
Tal y como cuenta hoy el diario La Verdad en su apartado 'El mostrador de mi vida', este conocido y reconocido local de Abarán que estuvo cerrado desde el 15 de marzo hasta junio y tuvo que volver a bajar la persiana el 6 de noviembre, tiene una plantilla fija de cuatro empleados, pero en ocasiones ha llegado a dar trabajo a ocho personas. Su espléndida cocina ha situado al local entre las principales referencias gastronómicas de Abarán, con sus comidas caseras en la punta de lanza. Sin embargo, y pese a estar permitidas las terrazas en la localidad, el Flamingo continúa cerrado a cal y canto. «El lugar donde colocamos las mesas no reúne condiciones para el invierno y no merece la pena sacar a la plantilla del ERTE para abrir así», se resigna la propietaria del restaurante.
La intención de Asunción Garrido -conocida familiarmente como Choni- es «abrir cuando se nos permita el aforo interior con las restricciones y capacidad oportunas. Si alguien me hubiera dicho que iba a pasar esto del coronavirus no me lo hubiese creído. Parece una película de ciencia ficción», sostiene al observar los mostradores de su local vacíos de género. Una película muy real, pero tirando más al género dramático.
Choni ve el panorama «muy negro». Pero esta madre de cuatro hijos y abuela de seis nietos confía en salir adelante. «No pierdo la esperanza de volver a la normalidad lo antes posible», zanja. Aprovecha para criticar que «la inseguridad de las autoridades ha sido constante a la hora de tomar decisiones; no hicieron nada en la segunda ola y me duele decirlo pero han ido a cargarse a la hostelería como si hubiéramos sido los culpables de los contagios. ¿Por cierto, cuántos camareros se han contagiado en España?», pregunta.
Una de sus reclamaciones es que el toque de queda se amplíe hasta las doce de la noche, y lamenta que «las ayudas se han quedado por el camino, mientras nuestras pérdidas superan los 30.000 euros». Eso sí, también recuerda que «nosotros no hemos dejado de pagar impuestos y obligaciones».
«El palo ha sido muy duro», resume. «Mi sueño es que me despierte y todo esto haya sido una pesadilla», culmina.







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