La autora el cartel junto a dos de los premiados
Este jueves tenía lugar en las instalaciones de la Biblioteca Municipal Don José Vargas la entrega de los premios del ‘II Concurso de Relatos Cortos Periodista Pedro Soler', un acto que estuvo presidido por el alcalde, Jesús Gómez, y el concejal de Cultura, Felipe García, y que contó con la presencia de la hija del propio Pedro, María Soler, a quien acompañaron el presidente de la Fundación Cajamurcia, Carlos Egea, y el director del diario ‘La Verdad’, Alberto Aguirre, la autora del cartel de este año, la artista plástica Miriam Martínez, miembros del jurado, autores galardonados y público en general, además de familiares del desaparecido periodista a cuyo recuerdo se dedica este concurso de relatos.
«Fue todo un acierto la convocatoria de este concurso de relatos y su temática, porque es un homenaje que perdura en el tiempo y promueve la Cultura», recordaba Felipe al inicio del acto.
![[Img #33517]](https://abarandiaadia.com/upload/images/12_2020/6650_entrega-premios-pedro-soler-650.jpg)
Trabajos premiados
El diario La Verdad inició este martes la publicación de los tres trabajos premiados: 'Paren rotativas', de Antonio Rentero, y 'El monaguillo', de Francisco Antonio Linde Navas, (los dos accesit), y '240 páginas', de Alejandro Lorente Ibáñez.
Autor : Alejandro Lorente Ibáñez
Título: '240 páginas'
Ganador
«Qué profesión más perra. Quién me mandaría a mí a meterme en esta jungla de chupapollas, arribistas y sádicos ortográficos», con infinidad de variaciones, según la temperatura ambiente y la cantidad de endorfinas que circulen por mi cuerpo, esas palabras u otras parecidas se han convertido en una especie de mantra que me ayuda a desahogar mi frustración. Eso rumiaba apretando la mandíbula tras un día especialmente improductivo y mientras conducía hacia el colegio Santo Tomás de Aquino de Salamanca para impartir una conferencia a los chavales sobre la profesión que he ejercido durante los últimos treinta años de mi vida. A un pasito de la jubilación, casi podía saborear la despedida de tantas cosas que, debo confesar, han envilecido hasta los límites legales mi carácter, por otra parte, y según mi mujer, genéticamente taciturno hasta la arcada.
Algo parecido me gustaría decir ante el micro, que esta profesión es una patraña, que puede que en sus albores fuera una cosa digna, noble, necesaria, pero que hoy es otra cosa sin vuelta atrás. Una empresa de comunicación de alcance autonómico puede conformarse con contratar una o dos agencias de información, un par de fotógrafos o cámaras, pagar el sueldo mínimo a cinco redactores y un maquetador para parir diariamente un producto informativo. Con llevarse bien, pero amenazar de vez en cuando a las administraciones públicas, con tres comerciales avispados y con un ejército de becarios reemplazables anualmente puedes equilibrar el balance económico. El nivel no será muy alto, pero no importará. Con suerte, uno de esos redactores mal pagados creerá que tiene su 'Todos los hombres del presidente' si mira con un poco de atención los contratos menores de la web municipal. La Ley de Transparencia ha hecho obscenamente fácil encontrar los fraccionamientos y las empresas del primo, suegro, amigo de la infancia del alcalde... ahora, casi nada cuesta nada. En fin, hemos hecho buena la manida cita de Chesterton: «El periodismo es el arte de llenar columnas impresas al dorso de los anuncios».
Se supone que la charla debería ser «inspiradora y luminosa» como me describió con cierto exceso de azúcar la directora del centro, «algo que ayude a los niños a encontrar su destino». Chavales que ya habían expresado en un papelito su preferencia por las letras y el periodismo. En fin. Pobres diablos.
Incluso entrar en la Redacción es un suplicio; aunque apenas lo haga ya dos días a la semana para escribir mi articulito de opinión y coordinar el contenido subjetivo del día, aun así, es doloroso. Lo primero que me sorprende, y nunca dejará de hacerlo, es el silencio que sólo rompe el tecleo mecánico de los ordenadores y el zumbido del aire acondicionado. ¿Estamos vivos?, suelo preguntar a un patio que ha abandonado los tirantes y las corbatas por vestiditos ceñidos y camisetas, y por supuesto nadie responde. Una buena Redacción debería palpitar con el ritmo de las discusiones, los timbrazos telefónicos, la última hora, la compraventa de contactos, la ansiedad de no llegar a tiempo, pero hoy podría confundirse con un puto velatorio.
Soy una curiosidad estadística improbable en este mundillo. Creo que solo tres colegas superan mi edad en esta tierra y por supuesto ocupan cargos a juego con la plata de sus sienes. Yo no, negué tres veces a Jesucristo y me resistí a ser director, coordinador o el jefe de nada; no tengo afán alguno por imprimir una tarjeta identificativa con un puesto de relumbrón. Me he conformado siempre con darle a la tecla y sacar mis páginas de una manera decente; ni una sola vez he tenido que firmar con otra cosa que no sean mis siglas.
En fin, aportar mi granito de arena a la historia local de los días. Es lo único que sé hacer, o lo que hacía cuando era un temerario muchacho borracho de curiosidad blandiendo un Moleskine, luego llegó, aunque tardó en hacerlo, el cansancio, la decepción, y finalmente el asco por un oficio que dejó de serlo cuando se conectaron las últimas sinapsis en ciertas redes empresariales y cuando academizaron parte de la médula de nuestros huesos; ahí fue cuando empezaron a salir hornadas de universitarios de vocación dudosa: aspirantes a un famoseo discreto, deportistas sin cualidades para ningún deporte, amantes de las letras no correspondidos... Los mejores, los más útiles, suelen ser los escritores frustrados, los calo al vuelo, y pese a su apócrifa decisión laboral, son cumplidores y se defienden con el abecedario, pero esos terminan pronto en alguna empresa lo suficientemente grande como para tener un departamento de comunicación. Aunque ahora, según me cuentan, el puente de la vergüenza desde la Redacción acaba en algo llamado departamento de Responsabilidad Social Corporativa, que eso esté comandado por periodistas nos da una pista de las verdaderas razones que han movido al CEO de turno a crearlo, y poco tienen que ver con la responsabilidad o la sociedad y mucho con eso de cumplir la ley antes de que se legisle.
De vez en cuando aparece alguno que te habla del Big Data, IA o las redes neuronales y sociales, y estaría dispuesto a escucharle si antes me hubiera demostrado que sabe cubrir una rueda de prensa, buscarse la vida para sacar adelante una crónica de sucesos, o trabajarse una cosecha propia fuera del horario laboral; pero no, eso sería un atentado contra la dignidad laboral. ¡Como si un periodista pudiera dejar de serlo en algún momento! Esto nunca fue un oficio o una carrera universitaria, sino un estado de la materia, una raza no catalogada de la especie humana, una necesidad vital como dormir, comer o cagar. Y eso no significa que no tengamos derechos o que debamos consentir salarios crueles; a muchos les cuesta entender algo tan sencillo.
En fin, podría trabajar desde casa, pero sé que eso acabaría conmigo. Ahora gozo de los galones que el tiempo me ha dado, y me divierto despedazando a ciertos politicuchos publicando sus incoherencias y sus pecados con una libertad monstruosa; información que ni siquiera tengo que buscar. Me basta con descolgar el teléfono casi cada mañana y escuchar el resentimiento o la envidia del compañero de filas de mi próxima víctima, ventajas de estar en la antesala de la tercera edad.
Joder, se me ha ido el santo al cielo con tanto pensamiento sombrío y me he pasado la salida de la autovía que me marcaba el GPS. Juego con la posibilidad de llamar a la dulce directora del Santo Tomas para excusar mi presencia en la cita, pero sé que después sentiré remordimientos y se me cerrará el estómago. Además, 500 euros por una hora de palabrería no está nada mal.
En la puerta del Salón de Actos me espera la cohorte del profesorado, un par de ellos se declaran «admiradores de mi trabajo» y no tardan demasiado en darme ideas de mierda para futuros artículos. Les digo que tomaré buena nota de las propuestas, y me encamino hacia el escenario. La iluminación es pésima y tanto yo como la nerviosa muchedumbre de críos permanecemos en una semioscuridad un tanto inapropiada. Esperaba encontrarme un circo de risitas, tonos de móvil, algún traicionero pescozón, pero pocas veces me he expuesto a un silencio más recogido y respetuoso que este. Casi parecen interesados. Valdría la pena investigar qué ocurre aquí, me digo divertido.
Cuente hasta diez por favor, me dice la persona a cargo del equipo de sonido; y yo lo hago. -Perfecto, cuando quiera.
La primera fila esta copada por los profesores y los administrativos del instituto, los miro antes de hablar y me pregunto si se atreverán a interrumpir la conferencia cuando empiece a vomitar las verdades que me he callado tanto tiempo. Me relamo de gusto porque sé lo poco que les va a gustar lo que tengo la obligación de advertir a los chavales. Cojo aire y empiezo:
Buenas tardes, gracias a la dirección del centro por invitarme en este acto, que se ha organizado para compartir con ustedes algunas impresiones sobre mi trabajo como... (Y me interrumpo).
Entre el mosaico de rostros y bustos que me enfrentan hay una mirada que ha llamado mi atención. Los ojos muy abiertos, la boca entreabierta, y una disposición del cuerpo que solo puede significar: expectación y hambre. ¡Qué ferocidad e inteligencia se puede adivinar en ese individuo! Cuando achico los ojos percibo que tiene un pequeño cuaderno apoyado en el brazo de su asiento y que sé que tiene 240 páginas, ni una más, ni una menos. Carraspeo y continúo.
Perdonen... algunas impresiones sobre mi trabajo como periodista. Quiero compartir con este auditorio algunos argumentos con los que voy a demostrar que el periodismo es el oficio más adictivo, hermoso y gratificante del mundo.
Autor : Francisco Antonio Linde Navas
Título: 'El monaguillo'
Accesit
El domingo, antes de salir para Funkytown, Ramón deja preparado el titular y la entradilla para sacar la pieza en cuanto se produzca el evento anunciado. Ya sobre el terreno, incorporará los detalles realistas y las notas de color.
Es un titular fantástico: «Un cura usa una pistola de juguete para disparar agua bendita a sus feligreses, sin saltarse la distancia de seguridad».
A las ocho de la tarde del sábado leyó una nota de agencia: «Un monaguillo de la iglesia de Las Angustias, en la ciudad de Funkytown, ha recibido con agua bendita a los asistentes a la misa de las 19 h. Lo original del caso es que dispensó el agua con una pistola de juguete, para así respetar la distancia social de seguridad impuesta por las autoridades en la pandemia del coronavirus. El asunto está teniendo eco en redes sociales».
Actuó rápido y a las ocho y diez llamó a la parroquia. Le cogió el teléfono el sacristán y le dijo que estaban a punto de cerrar. Se identificó, el sacristán consultó y le dio seguidamente el número de móvil del cura párroco. Lo llamó varias veces pero comunicaba. Al cabo de una hora, el cura le devolvió la llamada. Así pudo enterarse de que el día siguiente, pocos minutos antes de la misa de doce del domingo, sería el propio cura párroco quien, con el humilde juguete comprado en un kiosco, recibiría a los asistentes con el agua bendecida.
A las diez de la mañana del domingo lee en la página web del Ayuntamiento que la alcaldesa irá a la misa y recibirán la ablución sagrada. Toma un café. Coge la cámara, los dos móviles y un sandwich mixto que compró el día anterior en la gasolinera.
Aparca en la misma plaza de la iglesia. Habla con el cura, don Honorio, y se coloca en el lugar con el mejor tiro de cámara. La comitiva estará encabezada por la alcaldesa y sus diez concejales del Partido Tradicional de Funkytown, que en coalición con otro partido y un tránsfuga, gobiernan la localidad.
La noticia ya es el domingo 'trending topic'. Ramón ha visto a varios colegas, enviados apresuradamente para cubrir la información. Él tiene a favor el conocimiento del terreno.
Doña Jimena, la alcaldesa, va a misa todos los domingos a la Iglesia de Las Angustias. Incluso ahora, en avanzado estado de gestación. A la hora en que comenzó la misa del sábado recibió la llamada de su asesor de comunicación, que le contó lo de la pistolita y el agua bendita.
-Hay que preparar algo-dijo el asesor-va a tener mucho eco mediático y te acerca a la ciudadanía.
Fotofílica donde las haya, doña Jimena llamó a su jefe de protocolo para que hablara con don Honorio y preparara el recibimiento en la iglesia antes de la misa del domingo.
Después ordenó al jefe de prensa que organizara con el director de la televisión local la cobertura informativa del acto. Como ocurre con casi todas las televisiones públicas locales, TFTown (TeleFunkyTown) es un juguete caro, no como la pistolita del cura, al servicio de doña Jimena y del equipo de gobierno, costeado a cargo del presupuesto municipal.
Fue Vicentico, uno de los monaguillos, quien tuvo la idea de la pistolita de juguete. A don Honorio le hizo gracia y ya el sábado decidió que el niño talentoso recibiera a los feligreses con los chorros hidrosacros a la entrada de la iglesia. Pero una vez visto el auge que tomaba la cosa y avisado de lo de la alcaldía, el cura se apropió de la idea, en parte por vanidad y en parte para hacer méritos ante el obispo.
El público, obligado a guardar la distancia de seguridad, los periodistas y el luminoso día de sol hacen que el ambiente sea más parecido a una festividad como el Corpus que a un domingo cualquiera.
A las doce menos cinco don Honorio ya espera de pie, junto a la pila bautismal. A su lado Vicentico sostiene, en un cojín de terciopelo rojo con borlas y flecos amarillos, la pistola de juguete azul, con formas vagamente parecidas a las de una Luger alemana.
Al frente del cortejo, ataviada con un vestido de raso fucsia, se aproxima doña Jimena.
Bajita, rebolonda y carirredondeta, tiene no se qué de infantil aspecto.
El interior de la iglesia se petafota cuando la alcaldesa y el cura se encuentran. No solo son los focos de las cámaras sino los móviles de decenas de feligreses. Al saludarse se acercan, sin querer, algo más de lo prudente y el vientre de ella choca mullidamente con la prominente panza cervecera de don Honorio. El jefe de protocolo les recuerda discretamente la distancia de seguridad. Es una anécdota simpática, foto incluida, que no se le ha escapado a Ramón.
El cura se pone un poco colorado y su frente exuda. Le tiembla el pulso en el momento decisivo de empuñar la Luger.
Doña Jimena adelanta las manos y pone la cara de «evento simpático al tiempo que solemne» para las cámaras. Abre bien los ojos y se propone mantenerlos así pese a los flashes.
El cura coge la pistola. Siente llena la empuñadura. Por indicación de Vicentico le quita el taponcillo. Un minichorrito se derrama del cañón, como si estuviera vivo e impaciente. El cura, a medio camino entre un Harry el Sucio rechoncho y un oscuro espía alemán, se prepara, apunta y dispara desde algo más de metro y medio.
Doña Jimena no tiene tiempo para reaccionar cuando recibe el chicotazo sagrado en el ojo derecho. Lo cierra por reflejo pero la córnea ya ha sufrido el impacto del fino chorro a presión proveniente del vientre de la pistola, embarazada de agua bendita.
La alcaldesa se lleva las manos al ojo y grita. El cura se acerca pero el de protocolo lo retira y se la llevan en su coche oficial. Los de la tele local se van cual roedores detrás de su alcaldesa de Hamelin.
Ramón sabe que este es el momento para obtener unas declaraciones rápidas y espontáneas y le pone por delante el micro al cura que, muy nervioso, afirma:
-Todo es culpa del monaguillo. No paran de ocurrírsele diabluras. Fue él quien tuvo la idea de la pistola de juguete-dice, señalándolo-pero no me avisó de cómo lo hizo el sábado. Cuando Ramón inquiere si le había preguntado al niño o si habían hecho alguna prueba, responde:
-No, no le pregunté. No hicimos ningún ensayo. No hubo tiempo. Después, añade:
-Llenó la pistola demasiado. ¿Yo que iba a saber que saldría con esa fuerza?
El periodista apostillaría en su artículo a las palabras del cura: «Don Honorio, con la misma rapidez que había pirateado la idea del monaguillo, pretendió después echar cualquier responsabilidad sobre las espaldas del niño».
Ramón, incisivo, pregunta:
-¿Por qué, a diferencia del monaguillo, que apuntó a las manos de los feligreses para que estos se llevaran el agua a la frente, usted ha disparado a la frente?
-No sé-dice el cura-, quizá por las películas, por la costumbre de poner el agua bendita y la ceniza en la frente o de hacer la señal de la cruz. O por abreviar. Yo qué sé.
Ramón espera para preguntar al monaguillo hasta que llegue algún progenitor o tutor.
No pasan ni diez minutos cuando llega la madre, que autoriza al niño a hablar.
-Yo tengo costumbre y, además, apuntaba a las manos pero don Honorio no tiene buena puntería y encima va y apunta a la frente. ¡Uf!-dice el niño, llevándose una mano a la cabeza.
Después, Ramón va al hospital y se informa del parte médico: «Leve ulceración en la córnea, provocada por impacto inciso contuso, al parecer de agua a presión».
El titular definitivo que reescribe Ramón dice: «Un cura hiere en el ojo a la alcaldesa de Funkytown al dispararle agua bendita con una pistola de plástico». El artículo es lo más leído del periódico en todo el año. Además, varios medios le compran a Ramón un reportaje sobre el asunto y una de sus fotos da la vuelta al mundo.
Inspirado por la historia, un avispado productor y creador de videojuegos saca al mercado Honorio's Church, de estética vintage y pop, en el que, en un entorno de guerrilla urbana y de luchas de clases, se puntúan los aciertos de disparos de agua con un arsenal de vistosas pistolas de plástico, que imitan a otras de verdad como la Star o la Luger. La mayoría de personajes son del mundo de la iglesia y de la política, con perfiles y valores diversos, desde el votante común o el contribuyente neto al presidente del gobierno, desde un monaguillo hasta el mismísimo Papa. Honorio's Church obtiene gran éxito. En la precuela, llamada Vicentico, el prota es el monaguillo, y en la secuela, Altar boy's Revenge, se complica la acción con enfrentamientos entre pistoleros de agua y vampiros.
Autor : Antonio Rentero Egea
Título: 'Paren rotativas'
Accesit
Una de sus secretas pulsiones había sido siempre gritar esas dos palabras. Se imaginaba desde niño, desde que comenzó a querer ser periodista, saliendo de la redacción, cruzando pasillos, bajando escaleras, esquivando a compañeros de trabajo como si se tratase de un esquiador deslizándose por una pendiente nevada y repleta de banderas en slalom. Su respiración agitada, el sudor perlando su frente (siempre se le colaba alguno de esos inefables lugares comunes), la camisa pegada al cuerpo por la transpiración propia de la excitación.
Los extrañados redactores se apartarían a su paso sin comprender a cuento de qué tanta carrera. Derramaría por el camino algún vaso de agua o de café. Volarían papeles a su paso porque seguro que terminaría tropezando con alguien.
En una curva de los pasillos derribaría alguna de esas macetas que puso años atrás un director nuevo que trató de implantar un aire nuevo al periódico. Tardó años en descubrir que todas terminaban mustias porque la mayoría de redactores las usaban de cenicero y para arrojar los últimos tragos del infecto café de la máquina junto al ascensor.
Su agitada carrera comenzaría tras alguna revelación sorprendente. Un teletipo inesperado, una confirmación telefónica de última hora, una entrevista en persona con algún confidente que portase el dato definitivo que daba la vuelta a la tortilla (ay, otra vez las muletillas) a un asunto polémico, un escándalo que se elevaba a la enésima potencia gracias a un nuevo testimonio que, ¡por fin!, arrojaba la luz que faltaba a un oscuro rincón de un reportaje audaz que irrumpiría en la calma de la ciudad, sacudiendo hasta sus cimientos a la opinión pública.
Dejaría a su visita con la palabra en la boca, el teléfono colgando del cable mientras su interlocutor, conversación interrumpida, continuaba haciendo sonar su voz por el auricular, como si siguiese con la oreja pegada al aparato. Incluso imaginaba el plano de la versión cinematográfica, cambiando de foco entre el auricular en el que se escucha una voz distorsionada y la figura de alguien que abandona el despacho y se pierde en el pasillo. Primero quedaría enfocado el teléfono y paulatinamente iría ganando nitidez su figura alejándose en busca de las entrañas del edificio de donde cada día sale el periódico.
Sin aliento mientras bajaba por las escaleras para ahorrarse el tiempo que se pierde en esperar al ascensor, que va por cada piso repartiendo y recogiendo reporteros, redactoras, fotógrafos, secretarias, linotipistas, mensajeros... Con el pulso marcándose en las venas de la frente accedería finalmente al semisótano donde se aloja esa gigantesca maquinaria de hipnótico funcionamiento que transforma cada madrugada susurros, gritos, vanidades y cotilleos en un puñado de pulpa manchado de tinta que en doce horas quedará desechado.
Había imaginado el momento muchas veces. Apenas un par de minutos que desearía estirar. Y ahora, al llegar la ocasión, descubría con pesar que por más que lo intentara no había forma de alargarlo.
Para comenzar, no abandonó su despacho dejando a nadie con la palabra en la boca y con la conversación a medio. Al contrario: fue todo una funesta sucesión de silencios y cabezas bajas, gestos que no auspiciaban sorpresa e intensidad sino tristeza y pesadumbre.
No se sintió como un muelle saltando de su butaca y buscando atravesar la puerta lo antes posible. En cambio le costó levantar las cientos de toneladas en que se convirtió su cuerpo. Abrir la puerta del despacho y atravesarla le pareció lo más costoso que recordaba haber hecho jamás.
No tuvo que correr ni esquivar a nadie. El ajetreo de siempre hacía tiempo que se había transformado del ametrallamiento de las máquinas de escribir manuales o electrónicas en el discreto concierto de tamborileos de los ordenadores. El estridente timbre de grandes teléfonos, cabezas de buey con teclas similares a fichas de dominó, había quedado atrás y ahora todo eran zumbidos electrónicos amortiguados, como si no quisieran molestar ni siquiera a quien era destinatario de la llamada.
Los pasillos no bullían de actividad. De hecho, hacía tiempo que tampoco eran un protéico hervidero de gente yendo de un lugar a otro. Ya se enviaba todo por cables, cada vez menos cosas requerían de levantarse y trasladarse físicamente a otro despacho, a otro pasillo, a otro piso.
¿Cuándo desaparecieron los pasillos? ¿Cuándo cayeron los tabiques y todo quedó reducido a paredes de cristal? Las plantas ya no se quedaban mustias por las colillas (no recordaba la última vez que pudo fumar dentro del edificio) y eran de una fría eficiencia casi robótica. Como si ellas también se hubieran contagiado de modernidad.
Le hubieran mirado mal si hubiera bajado en ascensor. Se recomendaba que solo se utilizase para subir más de un piso. Nunca lo entendió. El equivalente cinematográfico de muerte «ejemplar» de James Dean (vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver) era Stieg Larsson, el de la trilogía 'Millenium', que se había ido al otro barrio después de subir andando los cuatro pisos de la redacción de su periódico, como colofón a una vida repleta de tabaco, cafés y cero ejercicio.
Cada paso en la bajada de la escalera le trajo un recuerdo de algún artículo, alguna fotografía, algún político local empeñado en que las cosas se contasen como a él le gustaba, algún prominente empresario de la zona incapaz de creer que se desvelasen sus trapos sucios «con lo que yo he hecho por esta ciudad, con la de dinero que me gasto en poneros anuncios».
Cuando se imaginaba lo que sucedería a continuación siempre aparecía la imagen de las puertas metálicas de pintura azul desconchada que daban acceso a la sala de maquinaria. Una especie de bestia del XIX que no se había enterado de que en este siglo las letras habían cambiado de orden y se escribía XXI. Ajena, continuaba resoplando ruidos mecánicos, vapor y presión, cintas en movimiento, cadenas que transformaban gigantescos rollos en láminas de papel que se iban imprimiendo, doblando, cortando, agrupando y convirtiéndose en fajos de periódicos encintados y listos para ser repartidos en furgonetas que ya no hacían ruido; todo eléctrico, silencioso, eficiente, limpio, sostenible.
Antes de encaramarse a lo alto de la pasarela miró de soslayo a la antigua sala de los linotipistas. Recordaba que en sus primeros días llegó incluso a verles componer pesadas planchas metálicas de forma manual, que colocaban con minuciosidad en medio de la maquinaria, dispuestas a ser impregnadas de tinta que apretar contra el papel. Otro recuerdo del pasado. Otro fantasma del ayer.
Su bolsillo vibró. Le costaba acostumbrarse a ese constante intruso del que, ya le habían advertido, no podía alejarse.
Sacó el móvil y deslizó el dedo por la pantalla táctil para responder la llamada.
—¿Todo preparado? El presidente tiene las cámaras conectadas emitiendo en directo por Internet. Está esperando para apretar el botón, apagar esas dichosas máquinas y que ya seamos un periódico solo digital.
—Sí, todo preparado. Procedo.
—Perfecto. Bienvenido a una nueva era de la comunicación instantánea de la información.
Se guardó el móvil sin molestarse en colgar. Lo hacía mucho. Era otro de esos viejos hábitos de los que le costaba zafarse.
Se aferró a la barandilla metálica. Contempló por última vez esa bestia mecánica en funcionamiento y entonces, sin emoción ni ganas, articuló con su voz más tronante y poderosa lo que siempre había querido gritar en esa inmensa estancia.


![[Img #33512]](https://abarandiaadia.com/upload/images/12_2020/6710_240-paginas.jpg)
![[Img #33504]](https://abarandiaadia.com/upload/images/12_2020/7123_el-monaguillo-relato-corto-670.jpg)
![[Img #33501]](https://abarandiaadia.com/upload/images/12_2020/3075_paren-rotativas-670.jpg)




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