La pista polideportiva del CEIP Juan XXIII de Abarán se convirtió este domingo en un espacio de recogimiento, emoción y cariño. Cerca de 300 personas acudieron a la misa en memoria de Luisa María Fernández Carrasco, quien fuera directora y maestra del centro durante una década, en un acto organizado por la comunidad educativa que superó todas las expectativas de asistencia.
La misa fue concelebrada por los párrocos de las iglesias de San Pablo y San Juan Bautista, Miguel Ángel Saorín y Felipe Tomás, y fue cantada por el coro de la iglesia de San Juan Bautista. Entre los asistentes se encontraban la familia de Luisa, representantes de la corporación municipal, amigos y vecinos, y todo el claustro del Juan XXIII, que quiso estar presente de manera conjunta para dar testimonio del cariño y el respeto que todos guardaban por ella.
La celebración estuvo marcada desde el principio por la emotividad. En la monición de entrada, sus compañeros de colegio recordaron que «hemos compartido con ella horas de esfuerzo, alegrías, preocupaciones y proyectos» y que «su presencia ha dejado una huella imborrable en nuestro día a día», añadiendo que «más allá del dolor de la pérdida, queremos celebrar su vida».
Uno de los momentos más emotivos llegó cuando María Ángeles Gómez, jefa de estudios del colegio, hizo entrega a la familia de una placa conmemorativa de la celebración, junto con una cuidada encuadernación que recoge decenas de dibujos, poemas y dedicatorias que los alumnos del Juan XXIII plasmaron en papel como recuerdo y homenaje a su querida maestra y directora. En sus palabras, María Ángeles quiso resumir lo que Luisa había significado para todos: «Tu recuerdo nos acompañará siempre, porque las personas que han amado tanto no marchan del todo. Luisa María, aunque ya no podamos verte, seguirás presente en cada rincón de esta comunidad educativa y en el corazón de quienes te hemos querido».
La ceremonia, como no podía ser de otra manera, terminó con la Salve Rociera en honor a la Virgen del Rocío, imagen que estuvo presente en el acto junto al altar, a la que Luisa tenía una especial devoción.
Abarán despidió así, con el calor de los suyos, a una mujer que dedicó su vida a la enseñanza y al servicio público, y cuyo recuerdo permanecerá vivo en el colegio que dirigió y en el pueblo que la vio nacer.



