SOCIEDAD

Entre la mortaja y el arrope 

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Cuando el calendario deshoja los últimos días de octubre y el soplo helado de noviembre se abre paso en Abarán desde las higueras de Candelón hasta los aljibes en Casa Alcántara, este pueblo con alma se abraza al alma de sus raíces. Con el sobrio, constante y majestuoso tañido de las campanas que anuncian el toque de ánimas, antiguos barrancos convertidos en calles parecen contener la respiración en un íntimo acto de recogimiento. No es un simple eco en el valle; es la voz profunda de nuestra historia, el latido inmortal de un pueblo agradecido que jamás olvida de dónde viene ni a quién debe la vida.

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Y es que, mucho antes de que los escaparates se vistieran de telarañas de gomaespuma y máscaras made in China, la llegada de «Tos los Santos» y los «Fieles Difuntos» no era una mascarada de terror efímero. Era un acto sagrado de amor, memoria y comunidad.

Desde días previos y cuando el calendario deshoja los últimos días de octubre y el soplo helado de noviembre se abre paso en Abarán desde las higueras de Candelón hasta los aljibes en Casa Alcántara, este pueblo con alma se abraza al alma de sus raíces. Con el sobrio, constante y majestuoso tañido de las campanas que anuncian el toque de ánimas, antiguos barrancos convertidos en calles parecen contener la respiración en un íntimo acto de recogimiento. No es un simple eco en el valle; es la voz profunda de nuestra historia, el latido inmortal de un pueblo agradecido que jamás olvida de dónde viene ni a quién debe la vida.

Y es que, mucho antes de que los escaparates se adornaran con telarañas sintéticas  y máscaras made in China, la llegada de «Tos los Santos» y los «Fieles Difuntos» no era una mascarada de terror efímero. Era un acto sagrado de amor, memoria y comunidad.

Desde días previos y puntual en cada atardecer, con el golpeo de los badajos en las campanas, una consigna silenciosa recorría las calles: era momento de recogerse, de cruzar el umbral y cobijarse en familia. No por un miedo absurdo, sino por un respeto profundo hacia esa noche sagrada en que la frontera entre dos mundos se volvía sutil.

En los hogares abaraneros, la víspera no consistía en disfrazar la muerte, sino en abrazar el recuerdo. Las abuelas se acercaban con devoción al fondo de las arcas para extraer las sábanas limpias, almidonadas y perfumadas con ramitas frescas de romero o lavanda. Con manos cuidadosas vestían la mejor cama del aposento, empujadas por la arraigada fe de que, en esa madrugada bendita, las almas de los antepasados regresaban por unas horas a su antiguo hogar para descansar y sentir el calor de los suyos.

La propia vida —y su despedida— se hilvanaba entonces con la serena dignidad de lo cotidiano. En esas mismas destartaladas arcas que se mostraban como el mejor mueble de la casa, los mayores guardaban con antelación la mortaja, evitando ser una carga económica el día del último adiós. Y cuando el de la cadavérica guadaña llegaba, la comunidad se hacía una. Las vecinas asumían el sagrado deber del consuelo: abrían la ventana de la alcoba para dejar partir libre al alma, cubrían los espejos con paños negros y vestían al difunto con sumo respeto, pues, a menudo y como recuerda nuestro vecino «Nenico de Aquilino», la misma mujer que había ayudado a traer una vida al mundo en el parto era quien; días, meses o décadas más tarde, amortajaba con idéntica ternura.

El luto jamás se sufría en soledad. Antes de la llegada de los primeros coches fúnebres, los hombres se turnaban a hombros para llevar el ataúd desde San Pablo hasta el cementerio, haciendo un breve descanso en La Era, utilizando para ello una mesa portátil que les hacía ganar unos cuantos duros a su propietario. Y es que, dicha comitiva iba movida por una máxima grabada a fuego en la memoria del pueblo: «Hoy llevo al vecino; mañana me llevarán a mí». Y detrás, el pueblo entero caminaba unido, transformando el dolor en un abrazo colectivo.

Incluso, la gastronomía abaranera guarda el eco de esa reverencia. La calabaza nunca fue en esta tierra un adorno vacío para infundir espantos banales con una vela dentro. En la cocina abaranera de antaño y como demuestra la saga de Paco Hernández «El Turro» y esposa, la calabaza de carne roja «Chirigaita» ha sido siempre símbolo de sustento, de tierra generosa y de dulzura artesanal. Era el tiempo de encender los fogones para transformarla, con paciencia infinita, en el tradicional arrope y calabazate, endulzados con la melaza de los higos para templar la vigilia y reunir a los familiares alrededor de la mesa.

Mientras en las alcobas se velaba la memoria, en las cámaras frescas de las casas se velaba también la vida que continuaba: los racimos de uva colgaban de las vigas de madera atados con cordel y envueltos con recortes de papel de las fábricas, repasados grano a grano para resistir sanos junto a las peras y manzanas hasta Navidad y la esperada Noche del Niño. Así convivían, bajo el mismo techo, la preparación del descanso eterno y el sustento de las generaciones venideras.

Hoy, cuando el gigante comercial de Halloween nos empuja a consumismos vacíos y a festejos prestados que convierten el misterio en puro artificio, cabe detener la marcha. La verdadera riqueza de Abarán y el resto de municipios del Valle de Ricote no reside en lo efímero ni en el miedo impreso sobre plástico o látex, sino en ese patrimonio inmaterial e indestructible: la solidaridad compartida, la fe sencilla, la mano tendida al vecino y el culto a los que nos precedieron. Conservar estas costumbres no es un ejercicio de nostalgia estéril, sino un acto de profunda dignidad cultural.

Al final, cuando la noche cae sobre la Sierra del Oro y el silencio vuelve a adueñarse de las calles hasta que la iluminación urbana disfraza la madrugada, la pregunta queda flotando en el aire: en este mundo apresurado que prefiere maquillar la muerte para no mirarla a los ojos, ¿qué preferimos? ¿La fiesta vacía de una noche que se olvida al amanecer, o la luz encendida de la memoria que nos mantiene unidos a través de los siglos? 

                                                                                                  Álvaro Carpena Méndez

                                                               Presidente del Centro de Estudios Abaraneros