Ya con nuestras fiestas patronales a la vuelta de la esquina, nuestro colaborador José S. Carrasco Molina nos ofrece un interesante artículo en el que reflexiona sobre cómo septiembre es el mes que devuelve la vida a nuestras calles tras el sosiego del verano. A partir de la evidencia de que Abarán cuenta hoy con recursos, patrimonio y atractivo turístico que a veces no sabemos valorar, Pepe contrapone el silencio habitual de nuestras calles con la efervescencia de las fiestas patronales, a las que describe como un auténtico antidepresivo colectivo. Pero su mirada va más allá de la crónica festiva y lanza, acertadamente, un llamamiento a mantener ese espíritu de ilusión y unidad durante todo el año, apostando por la colaboración, la crítica constructiva y la superación de las diferencias como camino para legar, a las próximas generaciones, un Abarán del que puedan sentirse orgullosos.
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Me comenta el director de este medio digital —que suele estar al tanto de lo que se mueve en las redes sociales— que cada vez abundan más los comentarios negativos sobre la situación de nuestro pueblo, comentarios que muestran desánimo, decepción, frustración…, rasgos que, sin duda, ayudan poco a sacar adelante este lugar donde transcurre nuestra vida y, en la mayoría de ocasiones, la de nuestros hijos o nietos.
Porque el derrotismo no es buen compañero de viaje ni a nivel personal ni a nivel social, pues empequeñece y anula la voluntad e impide el desarrollo positivo del individuo o de la colectividad. Sin ser yo sociólogo, observo que hay un derrotismo congénito, pues hay personas que en todo momento y en toda circunstancia lo ven todo negro, captan lo negativo de lo que pasa a su alrededor y no ven ningún atisbo de luz en lo que les rodea. Pero, junto a este, hay otro derrotismo circunstancial que depende no de una forma de ser o de pensar, sino de factores externos casi siempre relacionados con la política, una bella palabra de origen griego, pero que, por desgracia, estamos desvirtuando a pasos agigantados. Y así, aterrizando en nuestro pueblo, o en cualquier otro, lo vemos como un paraíso o como un infierno según nuestra afinidad con los que están al mando. Y esto es bastante triste.
Es verdad que, en algunos ámbitos de la realidad, nuestro pueblo no está en su mejor momento, pues no podemos evitar la comparación con ese Abarán que tuvo un equipo en Segunda División, que tuvo la plaza de toros de más solera de la región, que albergaba 20 o 30 empresas exportadoras de fruta en fresco, más otras de conserva, más otras de madera, más otras de manufacturas metálicas, más un laboratorio farmacéutico, más, más…
Pero de nada nos sirve flagelarnos recitando ese verso de mi adorado Manrique, «cualquier tiempo pasado/fue mejor«, pues nos ha tocado vivir en el Abarán del siglo XXI y debemos tener como referencia el pasado, pero sin dejar de trabajar en el presente para mejorarlo y preparar un halagüeño futuro.
Y, a día de hoy, tenemos muchas cosas de las que sentirnos orgullosos, que seguramente no valoramos lo suficiente y tienen que ser los que vienen de fuera los que nos las señalen. Es un hecho que en estos últimos tiempos tenemos más visitantes que nunca y que, al contemplar nuestras norias o nuestro parque o nuestro río o nuestra ermita o nuestras sierras, quedan maravillados de su encanto. Y, relacionado con ello, en estos últimos años, disponemos de una infraestructura de alojamientos de la que no disponen localidades mucho más grandes que la nuestra. Y no podemos olvidar, y más en su centenario, un teatro Cervantes de una belleza superada por muy pocos recintos de la región, además de una actividad cultural realmente abundante y variada.
Junto a estas posibilidades y recursos diversos, no es menos cierto que el ambiente de nuestras calles no refleja apenas movimiento, que los abaraneros/as apenas salimos ya a pasear, que apenas quedan ya bares para alternar, que especialmente al llegar la noche, el pueblo se convierte en un desierto y ello entristece, desanima y hasta deprime.
Pero, por suerte, tenemos un eficaz antidepresivo que nos levanta el ánimo, nos alegra y, sobre todo, nos hace salir a la calle. Y esa medicina se llama SEPTIEMBRE.
Fueron muy sabios nuestros antepasados al colocar en este mes sus días grandes, pues así se suaviza el siempre trabajoso paso del ocioso verano al lánguido otoño y el trauma es mucho menor.
Septiembre trae, desde sus comienzos, un ambiente en el que las ganas de disfrutar, de dejar la casa con la televisión, de reunirnos con los amigos, de saludar al paisano de más allá de la garita… se dejan sentir en nuestros corazones y en nuestras calles. Y en masa seguimos a los gigantes y cabezudos (¿qué pueblo aglutina a tanta gente?), y llenamos todos los rincones de papelillos de colores y el Cervantes de entusiastas amantes de la zarzuela, y las calles de devotos contemplando a los patronos, y la ermita de espectadores admirando el castillo que ilumina el cielo y el valle, y un largo etcétera de eventos que hacen vibrar en masa a todo un pueblo que olvida sus diferencias y supera el desánimo.
Pero es inevitable que suene el trueno gordo, el sonido más triste del año y que nos introduce en el invierno por muchos grados que marquen los termómetros.
Mas hemos de procurar que ese eficaz antidepresivo siga haciéndonos efecto todo el año, y eso depende de nosotros, de nuestra voluntad de superación, de nuestra capacidad de trabajo, de nuestra mirada positiva y constructiva, de nuestro afán de colaboración en las tareas comunes, gobierne quien gobierne, repito, gobierne quien gobierne. Y también, de nuestra denuncia y crítica constructiva de las cosas que no funcionan, pues no se trata de decir que todo es maravilloso y que aquí no hay nada que mejorar.
Así, y solo así, conjugando la colaboración y la crítica, el espíritu constructivo y la denuncia, reconociendo todo lo positivo que encierra este pueblo, pero señalando lo que es mejorable, y, lo más importante, estando UNIDOS unos con otros, dejando atrás lo que nos separa, que siempre es menos importante que lo que nos une, dejaremos a los que vienen detrás de nosotros un ABARAN del que se sentirán orgullosos y nos darán las gracias por haber visto la luz en este envidiable y sugerente rincón del valle.
José S. Carrasco Molina
(Cronista Oficial de Abarán)

